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Silencios habitados. Obras maestras de la colección

Este itinerario muestra las piezas más relevantes de la colección del Museo de Arte Sacro de las Clarisas de Monforte de Lemos.

Sor Catalina de la Concepción y su legado

Esta sección invita a conocer el excelente legado de Sor Catalina de la Concepción, el contexto en el que vivió y la transcendencia de su obra a lo largo de los siglos.

Como inicio deste itinerario, una pareja de retratos ofrecen una cálida bienvenida al visitante. De especial interés resulta el de Sor Catalina de la Concepción, VII condesa de Lemos, fundadora de la casa y promotora artística de la colección. A su lado, con la dignidad propia de un alto mandatario, aparece su padre, el Duque de Lerma, figura clave en la política de la Monarquía Hispánica durante el reinado de Felipe III.

Relicario italiano de inicios del siglo XVII compuesto por un gran armazón de plata de ley y un cuerpo central de gran sentido pictórico y clara inspiración clasicista, en el cual aparece una combinación de diversos mármoles y ágatas de originales y variados colores. Domina la escena la imagen de un gran copón conformado a partir de la combinación de tonos amarillos, grises y azules, que encierra una teca central con las reliquias de Santa Ana, decorada esta con algunos abalorios e ilustrada por una cartela con la inscripción: «S. ANNA MARIAE MATER». En conjunto, se trata de una pieza que se caracteriza por un gran equilibrio compositivo y por su elegante cromatismo, estructurado a partir de una sabia combinación de los materiales. 

Los distintos episodios del ciclo de la Pasión de Cristo serán un tema recurrente a lo largo de la visita, tal como contemplamos en esta obra: Crucificado y tesis de bachiller de Catalina de la Cerda y Girón. Estamos ante un conjunto compuesto por un marco-relicario, un Crucificado y un textil grabado con las tesis de bachiller de Catalina de la Cerda y Girón, hija del IX conde de Lemos y hermana clarisa del convento. Las seis tesis grabadas fueron defendidas en Salamanca en el año 1655 para la obtención del título de bachiller en Filosofía y Medicina. El paño de seda está enmarcado por una moldura de ébano y, sobre él, se presenta el magnífico Cristo crucificado realizado en bronce dorado, obra del escultor italiano Guglielmo della Porta. Esta figura llama la atención por la minuciosidad de sus detalles y el perfecto estudio anatómico, que deriva de tipos de inspiración miguelangelesca difundidos a finales del XVI y principios del XVII.

La colección de reliquias

El convento de Hermanas Clarisas de Monforte destaca, entre otras muchas cuestiones, por custodiar la que probablemente sea la mayor colección de reliquias conservada en el ámbito hispano. Las reliquias consisten en la conservación consciente y para uso devocional de elemento relacionados con la vida y Pasión de Cristo o fragmentos óseos u otros elementos relacionados con la vida de los santos y mártires. Una de sus características más reconocibles es que para su custodia y protección se diseñan receptáculos específicos, los cuales pueden adoptar tipologías muy variadas. En el museo podemos observar un amplio muestrario de modelos, que van desde las más comunes, en forma de urna, caja o cofre, hasta otras con un marcado carácter escultórico, como las de busto o antebrazo. También se conservan algunas piezas de gran singularidad, como la ampolla de cristal y bronce dorado que contiene la reliquia con la sangre de San Pantaleón. A continuación, se presenta una selección de algunas de las más relevantes. 

Urna que contiene la reliquia de uno de los clavos de la Crucifixión. Esta depositado en una pequeña urna sostenida por ángeles y cuyo basamento permite observar distintos óculos destinados a guardar otras reliquias. Esta magnífica creación fue un regalo del VIII conde de Lemos, Francisco Ruiz de Castro, a su cuñada y fundadora del monasterio: D.ª Catalina de la Cerda y Sandoval. Pieza de orfebrería realizada en plata, procedente de Italia, y fechada a comienzos del siglo XVII. 

Caja realizada en el siglo XVII en chapa de plata dorada, con esmaltes y tapa de cristal. La pieza alberga un pequeño juego compuesto por dos llaves que contienen las limaduras de las cadenas con las que san Pedro fue hecho prisionero y cuyos originales se conservan en la iglesia romana de San Pietro in Vincoli. A pesar del diminuto tamaño de la obra, el artista no dejó de cuidar en su realización hasta el más mínimo detalle.

Corpos de devoción: A escultura do museo

La escultura ocupa un lugar destacado en la colección, no solo por su cantidad y variedad, sino especialmente por la calidad de las piezas. Dentro de este conjunto pueden admirarse obras de naturaleza diversa: desde pequeñas esculturas de bulto redondo destinadas a la devoción privada, hasta piezas de gran formato y extraordinaria belleza artística, como el magnífico Cristo Yacente del maestro sarriano Gregorio Fernández. Un análisis minucioso de este grupo permite no solo rastrear los gustos personales de la condesa, sino también descubrir elementos de profunda sensibilidad espiritual que nos acercan al carisma de las religiosas franciscanas.

Esta Santa Lucía constituye una elegante muestra de escultura napolitana realizada durante el gobierno virreinal de los VII condes. Los artistas, Giovan Battista Ortega y Pietro Quadrado, nos confrontan con una mujer joven, con el pelo recogido y vestida con elegancia. La dulce muchacha, de talante sereno, porta los principales elementos iconográficos asociados por la tradición. En una mano es posible observar la palma, símbolo clásico para representar la inmortalidad y la victoria espiritual. En la otra, el plato dorado con sus ojos, haciendo referencia directa al desgarrador castigo. Como es habitual en las piezas de esta serie, la figura de medio busto se alza sobre una peana cruciforme, la cual está dotada de una teca destinada al depósito de la reliquia de la santa.

Soporte-relicario en ébano y bronce dorado, que alberga una réplica en plata de una de las esculturas más célebres de la historia del arte: La Piedad de Miguel Ángel. En esta ocasión, la Pietà se sitúa en el interior de una hornacina de gran presencia arquitectónica, una escena de disposición teatral en cuyo fondo es posible advertir la cruz de martirio del Divino Salvador. Coronando la composición, encontramos una curiosa escena pintada al óleo sobre lapislázuli que representa el sacrificio de Isaac, pasaje del Antiguo Testamento que prefigura el sacrificio de Cristo evocado en el plano inferior.

Escultura sedente que presenta a la santa de cuerpo entero, vestida con el hábito franciscano, sentada sobre un sillón de amplias volutas y con los pies descalzos apoyados sobre un cojín. Se trata de una talla en madera estofada y policromada realizada en un taller castellano durante el siglo XVII. La obra comparte ciertos rasgos con la Santa Teresa de Gregorio Fernández. 

Inmaculada de primera mitad del siglo XVII realizada por el genial artista Gregorio Fernández. Se trata de una escultura en madera policromada que sigue un tipo iconográfico desarrollado por el autor, y que nos remite a un modelo con clara conexión con la Inmaculada Concepción de la catedral de Astorga. Así, observamos una Inmaculada coronada, de rostro sereno, en actitud de oración y con las manos recogidas sobre el pecho. En cuanto a la vestimenta, porta un manto celeste de tipo campaniforme con detalles dorados y una túnica blanca con motivos florales de tipo esquemático. A sus pies, avanza pisando a un dragón y en la parte trasera aparece un fino creciente lunar. La imagen se completa con un resplandor decorado con estrellas y querubines que rodea toda la pieza. El conjunto se apoya en una elaborada peana de madera policromada.

En esta sala podemos contemplar un elenco de algunas de las mejores obras de cuantas se custodian en el museo. Este Cristo yacente es una de las piezas más notables realizadas por el célebre escultor sarriano Gregorio Fernández. El conjunto, creado en un momento de plenitud artística, sobresale por la gran sensibilidad con la que el autor logra de captar el drama de la Pasión de Cristo. En origen, la obra fue un encargo realizado hacia el año1610 por el duque de Lerma para su hija, D.ª Catalina de la Cerda, fundadora del monasterio monfortino.

El Cristo presenta un realismo sobrecogedor, gracias a la meticulosa atención prestada a todo tipo de detalles: los ojos, entreabiertos, son de cristal; la boca deja entrever los dientes de marfil y ofrece la sensación de estar congelada en el instante de exhalación del último suspiro; las uñas de pies y manos, postizas, están realizadas en asta de bovino; el cabello, muy cuidado, muestra mechas teñidas de un rubio más intenso que el resto; el paño de pureza, con marcados pliegues angulosos, está realizado con tela encolada. Por su parte, el cuerpo fue tallado exento al sudario, lo que permite una mayor definición anatómica.

Otro elemento relevante del conjunto es la urna que contiene la efigie, la cual está dotada de una poderosa estructura arquitectónica con una elegante policromía, marco extraordinario para contemplar la belleza del Divino Salvador.

Elementos litúrxicos: A materiallidade do rito

Nos encontramos ante una de las piezas de mayor relevancia de cuantas se custodian en el museo. Se trata de una arqueta realizada en cristal de roca, con armazón de ébano dorado y apliques en bronce. En su parte media destaca la presencia de elementos de clara inspiración arquitectónica, gracias a la inclusión de grupos de columnas de fuste helicoidal, elaboradas en cristal de roca y rematadas con capiteles corintios en bronce. Esta bella arqueta estuvo destinada a custodiar el Santísimo Sacramento en el monumento de Jueves Santo. Para su protección se diseñó un arcón a medida, realizado en madera de castaño y forrado en lienzo por su cara interior, el cual puede observarse en la parte inferior de la vitrina.

Esta pieza está directamente relacionada con el don de la paz en la Eucaristía. Su finalidad era la de recoger el signo de paz manifestado mediante el ósculo de los fieles al objeto. Esta tradición tiene su origen a finales de la Edad Media y surge como una medida de contención encaminada a fomentar el decoro y a limitar el contacto físico entre los asistentes. 

El portapaz es una pieza en forma de placa que suele reproducir el aspecto de un diminuto altar o retablo con una imagen central, incorporando en no pocas ocasiones elementos de clara inspiración arquitectónica. Tal es el caso de esta magnífica pieza realizada en plata sobredorada a finales del s. XVI y cuyo origen probable parece situarse en algún taller de la península itálica. 

La pieza que observamos transmite un marcado acento barroco. En ella, el anónimo artista es capaz de generar una interesante escenografía, por medio de una disposición meditada de elementos de cierta inspiración arquitectónica y un sabio manejo del claroscuro. En el centro, una imagen en relieve de la Asunción es llevada por ángeles en sentido ascensional, reflejando un extraordinario equilibrio entre dinamismo y contención. La inclusión de distintas bandas de esmaltes, decoradas delicados tonos azulados, contribuye a crear una armonía visual entre los distintos cuerpos del conjunto. 

Esta custodia llama la atención por su original aspecto. Se trata de una pieza elaborada por un taller castellano en el siglo XVII, en bronce sobredorado y decorada con elementos de vidrio y esmaltes. En un momento posterior, se le añaden distintos joyeles con perlas, pedrería, cristal de roca y coral, dispuestos en perfecta alternancia de tonos nacarados y rojizos. Dichos elementos procedían en origen de un vestido, el cual pudo pertenecer a Dª Catalina de la Cerda y Sandoval. El resultado final es una pieza deslumbrante, de gran belleza y originalidad, que combina la riqueza ornamental con la carga simbólica y devocional.

Os téxtiles: Revestirse de divinidade

Esta sala ofrece una interesante y variada muestra de piezas textiles procedentes de diversos talleres italianos e hispanos. En cada una de ellas se observa la gran riqueza de materiales y el laborioso trabajo llevado a cabo por los distintos talleres en la realización de cada una de las prendas. Entre las piezas expuestas, podemos encontrar distintos elementos que constituyen una parte activa dentro de la liturgia, tales como: casullas, dalmáticas, estolas, bolsas de corporales o cubrecálices. 

Más allá de su estricto carácter ritual, estas piezas están impregnadas de un profundo valor simbólico, tal como se manifiesta a partir de ciertas prescripciones bíblicas, rastreables algunas de ellas a partir del testimonio del propio san Pablo, en un claro sentido de “revestirse” de Cristo (Gal 3, 26-27). 

No menos importante es la relación de las clarisas monfortinas con la producción textil, hasta convertirse este en uno de los principales valores artísticos y patrimoniales del convento, tanto en su dimensión material como inmaterial. En este sentido, es necesario destacar la importante labor llevada a cabo por las hermanas en la confección de piezas textiles y la elaboración de ricos bordados a lo largo de los siglos, llegando a alcanzar elevadas cotas de excelencia en sus trabajos. Este hecho se hace plenamente visible en piezas de gran refinamiento y perfección, algunas de las cuales podemos contemplar en esta colección. 

Estamos ante uno de los conjuntos de piezas en tela más destacados de la colección. Se denomina terno al conjunto de tres prendas relacionadas entre sí, las cuales comparten un mismo patrón decorativo. En la liturgia cristiana, el terno está compuesto por tres elementos principales destinados a revestir al sacerdote, al diácono y al subdiácono durante determinadas funciones sagradas, de manera destacada en la celebración de la misa. En este caso, el conjunto incluye una casulla y una capa pluvial para el sacerdote y dos dalmáticas, para el diácono y el subdiácono. Además de estas prendas, el grupo se completa con un frontal a juego y una segunda capa pluvial.  

La denominación “terno de Nápoles” es el nombre tradicional empleado por la comunidad de clarisas de Monforte. Es posible que el origen de esta denominación esté relacionado con la apariencia del propio tejido, el cual remite de manera clara a otros ejemplares producidos en Italia. Sin embargo, el diseño y el tipo de bordados muestra enormes paralelos con otros modelos contemporáneos realizados en el ámbito hispano. 

En este caso, el tejido es un brocado en seda roja y dorada que presenta motivos con granadas de cierta inspiración orientalizante. No obstante, el tipo de bordado, conocido como “al romano”, se ejecuta mediante “empedrados” (una serie de pequeños cuadrados alternos) y se remata con cordoncillos. Está técnica coincide con la utilizada en los talleres de Sevilla, Toledo, Madrid y Valladolid durante el primer tercio del siglo XVII, lo que permite relacionar el origen de las prendas en Italia y atribuir un proceso de manufactura final en un taller peninsular. 

A colección pictórica: visións do sagrado

La colección pictórica confinada en el museo constituye un testimonio manifiesto del cruce de caminos entre arte, poder y espiritualidad en la Europa del siglo XVII. En este ambiente de recogimiento, el visitante es movido a la devoción a través de un conjunto de piezas que trascienden la dimensión local y lo trasladan directamente a las redes de coleccionismo y tráfico artístico del Barroco hispano.

Esta obra italiana, de autor desconocido, muestra a Nuestra Señora del Pópolo siguiendo un modelo derivado del icono bizantino custodiado en Santa María la Mayor de Roma y conocido como Salus Populi Romani. A pesar de la distancia entre ambas piezas, la imagen sigue un planteamiento iconográfico semejante, al mostrar una Virgen con manto azul, sosteniendo al Niño en brazos y un paño en su mano izquierda. No obstante, se observan algunas modificaciones con respecto al modelo romano, al prescindir de ciertos elementos como el anillo consular o el fondo neutro. Todo ello unido al hecho de dotar a las figuras de un mayor naturalismo, con la consecuente pérdida de rigidez de estas. El rompimiento de gloria de la parte superior permite, además, concentrar la mirada del espectador en el rostro sereno de la Virgen y en la presencia de un Cristo Niño con una posición ligeramente girada y en actitud de bendecir.

Dentro de este conjunto merece la pena detenerse a contemplar dos bellas pinturas al óleo sobre cobre dedicadas al tema de la Sagrada Familia. De especial interés es la La Sagrada Familia con Santa Ana y San Juanito. Se trata de una animada escena familiar, poblada de personajes e iluminada desde un lateral. En el centro de la composición, la Virgen, sentada y marcando una fuerte diagonal, sostiene al Niño en presencia de San José y de San Juanito. Este último aparece acompañado del cordero, el cual nos remite a modelos iconográficos del Agnus Dei, prefigurando así el futuro martirio de Cristo. Estamos ante una obra de clara inspiración manierista que destaca por su gran cuidado por la luz y una gran maestría en el tratamiento del color, aspecto claramente visible en la extraordinaria ejecución de las carnaciones y la riqueza de los tejidos. 

Pintura al óleo sobre tabla realizada en el siglo XVI que nos presenta a la fundadora de la Orden de Clarisas en una equilibrada escena de gran belleza dominada por un sosegado ambiente de silencio y recogimiento. El artista fue capaz de transmitir una sensación de gran recogimiento a través de una meditada composición y una elegante selección cromática. La imagen sigue la iconografía tradicional asignada a la santa de Asís, al presentarla con el hábito de la orden, el báculo y la custodia con la exposición del Santísimo Sacramento, en alusión a los sucesos acontecidos en el convento de San Damián en 1230. Sin lugar a duda, nos encontramos ante una de las piezas de mayor belleza de la colección.

O tacto da devoción: a produción artística das Madres Clarisas de Monforte de Lemos

Esta obra, por su gran significación simbólica y artística, constituye el epílogo perfecto para este itinerario artístico. Su pretendida apariencia sencilla se revela como una máscara que encierra una enorme carga simbólica, especialmente por dos motivos. Desde el punto de vista iconográfico la escena presenta con gran economía de recursos uno de los temas centrales de la religión cristiana: la visión del Apocalipsis. De este modo, observamos una escena presidida por un cordero que reposa cálidamente sobre un volumen con siete sellos. Por otra parte, la presencia del jardín ordenado, así como el animado cromatismo de los elementos vegetales, armonizan con el vitalismo naturalista que caracteriza a la profundad sensibilidad espiritual franciscana. 

No obstante, el elemento más importante, y por el que la obra constituye un epílogo en sí misma, es su condición de ejemplo manifiesto de hibridación técnica y de la genialidad artística de las MM. Clarisas de la Purísima Concepción. Las religiosas han sido capaces de fusionar como nadie la creación puramente intelectual con una técnica refinada, capaz de desafiar las categorías establecidas para el estudio de este tipo de obras.